El domingo pasado, los católicos celebramos la solemnidad de la Santísima Trinidad, en la que recordamos que adoramos a un único Dios y Señor que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Este misterio —que es verdad de fe— plantea que hay un solo Dios, no singular en cuanto a personas, sino trino en cuanto a sustancia. Esto es lo esencial de la fe católica y así mismo lo confiesa en el Símbolo Niceno-Constantinopolitano:
“Creemos en un solo Dios, Padre Todo Poderoso […] Y en un solo Señor, Jesucristo, Hijo Unigénito de Dios, que nació del Padre antes de todos los siglos. Dios de Dios, Luz de Luz, Dios Verdadero de Dios Verdadero, engendrado no creado, de la misma naturaleza (consustancial) del Padre […] Y en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe la misma adoración y gloria.”
Es verdad de fe, también, que la Persona del Hijo se encarnó (se hizo carne) en Jesús, hijo de María, como lo sostiene el Evangelio y, en especial, San Juan Evangelista cuando dice:
“Y el Verbo se hizo carne, puso su tienda entre nosotros, y hemos visto su Gloria: la Gloria que recibe del Padre el Hijo único; en él todo era don amoroso y verdad (Jn. 1,14)”
Ahora bien, esta verdad —de fe— ha sido históricamente discutida. Ya el sanedrín, en tiempos del mismo Jesús, lo condenó, porque lo consideró blasfemo. También Arrio de Alejandría negaba la consustancialidad de Jesús con el Padre. Hoy es, por ejemplo, el Código Da Vinci el que vuelve a cuestionar la doble naturaleza del Cristo.
Aunque no lo señala frontalmente, pues no es el tema del libro, plantea la idea de que Cristo fue solamente un gran profeta, el más grande tal vez, pero en ningún caso, el Hijo de Dios. Lo señala, dando argumentos considerados por muchos como infundados y fuera de toda realidad. En seguida, expone que habríase casado con María Magdalena y habría tenido una hija, Sarah. Y no sólo aquello, sino que además, poniendo en boca del ‘britanófilo’ e inglés Teabing, señala que los textos de la Biblia, e incluso los Evangelios, fueron modificados por el Emperador Constantino y el Concilio de Nicea, en el año 325. Ante esta situación, lo lógico es que resurja la discusión sobre la persona fascinante de Jesús, el Hijo de Dios.
Y es aquí cuando se hace necesario realizar una aclaración: decirle a un historiador que los Evangelios no son una fuente histórica confiable, es como decirle a un físico que si suelta una piedra desde lo alto de la Torre de Pizza, ésta flotará en lugar de caer. El historiador observa, analiza de la manera más crítica posible, haciendo uso del método científico, los documentos en base a los cuales reconstruirá la historia de la Antigüedad1, y luego determina su grado de fidelidad. De esta manera, la hipótesis que plantea Teabing parece ser ilógica.
Por otro lado, respecto de la divinidad de Jesucristo, el autor parece ser claro: es sólo hombre y no Dios. Aceptando de alguna manera que esto pudiera tener cierta validez, habría que formularse una pregunta, teniendo presente la respuesta que muchos historiadores dan al surgimiento del cristianismo. Como señala el Decano de la Facultad de Teología, Samuel Fernández, Pbro., el nacimiento de la Iglesia supone una gran transformación religiosa. Como es sabido, los apóstoles eran un grupo de judíos educados estrictamente monoteístas y según las tradiciones del Antiguo Testamento. Jamás habrían rendido culto a un Jesús crucificado, ni tampoco lo habrían confesado Hijo de Dios, ni mucho menos habrían afirmado que la salvación viene a través de su muerte, a menos que hubiesen vivido algo extremadamente grandioso, algo como fue la resurrección. La fe en la resurrección que es posterior a los encuentros con el resucitado —y no anterior—, justifica el nacimiento de la Iglesia, como también justifica la existencia de mártires y la continuidad de la tradición hasta nuestros días2. No obstante, si Cristo no fuera el Hijo de Dios, Jesús no habría resucitado jamás. Dios no le habría dado la razón a un simple mortal que se autoproclamó Dios. Luego, Iglesia, cristianismo y todo lo relacionado con aquello, desaparece. Por tanto, la historia de la Antigüedad y del Medio Evo, y también la Moderna y Contemporánea no se comprende y nuestro mundo actual no es tal.
A la luz de Jesucristo, verdadero hombre y verdadero Dios, cobra sentido que los Apóstoles hayan confesado a Jesús, el Hijo de Dios, quien resucitó al tercer día y por quien viene la salvación, y que incluso hayan muerto para dar testimonio de Él. Reaparece la Iglesia y nuestro mundo vuelve a ser como lo conocemos.
¿Creer o no creer? Sencillamente no es el tema de este artículo. Es una decisión personal y tiene que ver con la experiencia de Dios que cada uno haga. Lo que hay detrás de todo es lo siguiente: nuestra sociedad tiende a aceptar todo lo que ve, aún más rápido que lo que piensa, de una forma acrítica y sin siquiera comprender del todo lo que se observa. En el fondo, se trata del empobrecimiento de la capacidad de entender, como lo señala Giovanni Sartori en su obra, Homo Videns. El ser humano, que tradicionalmente ha fundado su vida política y económica en un pensamiento de orden conceptual que representa entidades ficticias e inexistentes3, se conforma con interiorizar y retener lo que la televisión —y para objeto de este artículo, el cine— transmite, sin siquiera antes confrontar su propia verdad y vida con lo que le está siendo expuesto. Esto queda totalmente explícito, sabiendo que los mismos lectores del Código no reconocen la novela como tal, aún cuando es ésta la que expone, desde la primera página la ficción que contienen sus páginas: “Todas las descripciones de las obras de arte, edificios, documentos y rituales secretos que aparecen en la novela son veraces”4. Haciendo lectura de aquello, y rescatando la publicación que el P. Vicente Soccorso, sdb, ha realizado recientemente en la Revista de la Iglesia de Santiago, ha de hacerse la interpretación de que “todos los hechos, tesis, interpretaciones y juicios que se emiten sobre personas, instituciones, documentos, obras de arte, etc., quedan excluidas de la categórica verdad”5. Cada lector debiera inferir desde el primer momento lo que se acaba de señalar. Sin embargo, el hombre ‘ve’, y no ‘entiende’ y, por tanto, se polemizó algo que debiera haber sido trivial y en lo que la Iglesia no debiera haber tenido que hacer aclaraciones, pues debiera tenerse en cuenta lo que el mismo autor expone en las primeras páginas. En resumidas cuentas, se polemizó un hecho que estaba claro desde el principio.
Ante esta circunstancia, mucho no se puede hacer, en la medida que sigamos privilegiando el ver por sobre el comprender, sobre todo en un mundo en el que se intenta ganar, lucrar mostrando una imagen hiriente, socarrona o insultante, de algo que es fundamental en la vida de muchos, a través de un medio que en nuestro mundo contemporáneo gana mayor terreno. La idea, claro está, es mostrarse crítico frente a nuestro mundo y no creer que simplemente una imagen vale más que mil palabras.
Sebastián Guijarro
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1 Fernández, Samuel, Pbro. (2006) "Acceso Histórico a Jesús" Revista Iglesia de Santiago, Edición Especial.
2 Fernández, Samuel, Pbro. (2006) "Acceso Histórico a Jesús" Revista Iglesia de Santiago, Edición Especial.
3 Sartori, Giovanni (1998) "Homo Videns" Versión extraída de www.rsilvae.cl
4 Brown, Dan (2003) "El Código Da Vinci" Umbriel Editores
5 Soccorso, Vicente (2006) "Código Da Vinci... Una Novela de la New Age" Revista Iglesia de Santiago, Edición Especialv