"«… Y sólo vos tenéis culpa de la desgracia que ha caído sobre nuestra casa.» Coras y Ferriéres le recordaron que también él tenía parte de la culpa, puesto que había abandonado a Bertrande, pero Martin no dio su brazo a torcer. [Aparte.] Finalmente habían reconocido a Martin Guerre. A pesar de que no había habido ninguna confesión, el tribunal disponía de las pruebas suficientes para dictar la sentencia definitiva”. Con una estructura más o menos similar al de este fragmento, encontramos una diversidad de libros referidos a los más variados temas de la historia del hombre. A simple vista, leyendo cualquier fragmento del citado libro de Natalie Davis o de cualquier otro, pareciera que se trata de un texto narrativo, en que se suceden los acontecimientos uno tras otro y en que el protagonista va y vuelve en su espacio y su época, superando etapas y viviendo acontecimientos personales. Desde este punto de vista podríamos decir que es un cuento, una novela inclusive. De hecho, por los elementos que el “narrador” va exponiendo sobre la vida de este “personaje” y rol que juega en el relato, la estructura de su viaje, de algún modo se parece a un héroe, en sentido literario. Sin embargo, conforme avanzan las páginas, es posible percatarse de que lo que se cuenta no es un relato épico, ni una novela, ni un cuento: en efecto, carece de ficción en su substancia. O bien, más precisamente, lo que tiene de ficción es el mínimo necesario para que haya coherencia y cohesión textuales y la historia mantenga ilación. Esto lo corroboran la increíble cantidad de notas al final del libro y las continuas alusiones al contexto histórico y espacial, a lo que sucedía más allá del relato mismo. De algún modo, el pasado o lo que fue posible encontrar de él, está ahí en presente, valiéndose de una historia (que podría ser ficticia) para dársenos a conocer y no perder su acto primero: existir. Esta forma de transmitir la historia concuerda con la visión de Paul Veyne: “la historia es un relato, sí, una narración, pero de hechos verdaderos”
En cambio, tenemos el ejemplo de otros libros —de los más variados autores y tópicos, y que constituyen, diríamos, la gran mayoría, inclusive el universo para algunos, de ejemplares publicados— , en que el tema histórico es tratado de manera más “académica”, cargada de datos (fechas, documentos, citas, notas, nombres de lugares y su toponimia, etc.) que buscan probablemente dar cuenta de su “cientificidad”, cargada de abstracción del hombre y de la búsqueda de teorías. “[…] se impusieron las leyes de la lógica de las ciencias que privilegian lo que en jerga se suele llamar “dato duro”, lo que es evidente, dado que hoy por hoy, la credibilidad se confunde con la exactitud y la verificación empírica, la formulación de leyes predictivas y su aplicación para todos los casos posibles. Se olvida, frecuentemente, que el hombre es libre, no como la naturaleza (objeto de las ciencias naturales): “El hombre delibera, la naturaleza no; la historia humana se convertiría en un no sentido si nos olvidamos del hecho de que los hombres tienen objetivos, fines, intenciones”. Y esto hace prácticamente imposible poder efectuar predicciones. Si comparamos una ley natural (Ley de la Gravitación Universal de Isaac Newton, Física) con una ley “social” (Ley de la Oferta y la Demanda, Economía), saltarán inmediatamente a la vista los problemas que los investigadores de esta última ciencia tendrán para sus predicciones. Dondequiera que se esté, la gravedad entre dos cuerpos será directamente proporcional al producto de las masas e inversamente proporcional al cuadrado de la distancia que separa sus centros. En ningún caso la Tierra podrá decir: “prefiero que si me alejo de un cuerpo, aumente la fuerza”. No sucede así con la oferta y la demanda. Aún cuando es una ley verificable, calculable, aplicable, no son pocos los casos en que aparentemente no se cumple. En efecto, requiere la condición ideal del caeteris paribus; de lo contrario, su cumplimiento es puesto en duda. Y el caeteris paribus apunta a hacer al hombre como la naturaleza: dejar fuera las preferencias, la relación con otros bienes, el cambio en los ingresos y sus expectativas, etc.
En fin, hasta aquí, he querido mostrar las dos maneras que tradicionalmente se han tenido para hacer historia: la primera es la más antigua. Sin duda, para el hombre es una necesidad conocer lo que otros antes que él han hecho. Es una preocupación el conocimiento de los actos pasados del hombre. Y la forma más propia y fácil de transmitir el saber, es mediante el relato, especialmente oral al comienzo, cuando la escritura no había sido inventada (recordemos además que aparentemente no hubo fines historiográficos detrás de la escritura, sino más bien contables, relacionados con los registros productivos. De todos modos, no es apresurado afirmar que bastante relación tiene aquello con los actos pasados del hombre, objetos, por cierto, de la historia). Desde antiguo ha habido una “historia contada”, una historia donde un protagonista que es símbolo de toda la comunidad, realiza hazañas, va y vuelve sin descanso buscando su ideal o luchando por él. Es tan sólo necesario mirar la historia de Gilgamesh, el Éxodo de los israelitas guiados por Moisés hacia la Tierra Prometida o La Iliada de Homero: todas cargadas de datos sobre el lugar, más o menos la época, la forma de vivir, los acontecimientos más importantes del mundo del que aquellas personas tenían conciencia. Por supuesto, el relato tiene severo riesgo de mitificarse, adulterarse, cambiarse, perder lo que en él debe haber de cierto. Creo que Duby, citado por Rolle, da una excelente respuesta ante este inconveniente. Cito: “los elementos de la documentación representan los ladrillos del edificio. El historiador tiene en fin el deber, en cada momento de la redacción, de verificar, juzgar, de controlar, de establecer con certeza lo que corresponde a la verdad objetiva que reside en las huellas utilizadas por él”. Esto aleja a la historia de la mitología, el estudio de las leyendas y la literatura en cuanto invención. Ha de considerarse que la historia busca la verdad, puede ser subsumida en la definición aristotélica de ciencia: “conocimiento cierto de las cosas por sus causas”.
La historia puede ser texto narrativo. Sus acepciones se refieren a relato. Pero no por ello debe perder su objetividad. Debe someter a análisis fuertemente crítico a las fuentes. De descifrar los mensajes que los hombres del pasado dejaron como testimonios voluntarios o involuntarios de sí mismos. Pero sin olvidar que su razón de ser es reconstruir el pasado y entregárnoslo vívido, no un simple recuerdo o una compleja composición académica: debe mantenerlo en la línea de lo existente, pero dándole vida, haciendo que aparezca ante nuestros ojos. Lo que nadie conoce y ha pasado, en cierto modo deja de existir, por lo menos para los hombres.
Sin embargo, nos consta que con el pasar del tiempo hubo una segunda forma de hacer historia: la de la exposición de acontecimientos y su relación en procesos, con especial atención en las coyunturas. Una forma, por lo demás, muy influida por el progreso y la noción de exactitud. Aquí se olvidó la ciencia de que el pasado es infinitamente más grande de lo que puede abarcar. Además, la preferencia por el “dato duro” contribuyó a que se perdiera la justa relación que debe realizarse siempre respecto de los acontecimientos. No sólo basta saber cuándo, quién, qué y dónde. Hace falta comprender, formular juicios, razonar sobre lo que sucede en el tiempo. Sólo aquello puede satisfacer nuestra necesidad de saber lo que en el pasado aconteció.
Aquella es la desventaja del texto expositivo: tiene una cierta concupiscencia hacia la aridez y la división del tiempo en pequeños lapsos, pero sin lograr la unidad de una misma historia, producto de la misma humanidad. Riesgo que debe emprenderse sin duda, sobre todo cuando adulterar la verdad es fácil y propio de nuestro mundo. En nuestros días abundan los seminarios sobre fotografía en tanto documento histórico. Es extremadamente fácil darse cuenta que capturar una imagen en picado o en contrapicado puede conseguir que toda una situación cambie de parecer. También sucede con los planos: nunca olvidaré lo que en la primera clase de este curso se nos dijo sobre las fotografías tomadas, a propósito de la crisis de Irak y la caída del monumento de Saddam Hussein. Una misma foto, tomada desde los tres planos distintos parecía decir tres cosas exageradamente diferentes. Por ello, no debe perderse el horizonte de la crítica y de la regla de la razón sobre el análisis de los acontecimientos y, evidentemente, de las fuentes.
Ahora bien, si tuviéramos que escoger o lo uno —pura narración— o lo otro —pura exposición—, seguramente nadie se inclinaría por alguno de los extremos, sino que probablemente, se optaría por un punto intermedio. El inconveniente ahora es cuán en medio. Al parecer, no es posible entregar una respuesta taxativa. Dependerá del momento, de las mentalidades, de los acontecimientos más próximos al momento de “escribir la historia”, donde habrá un punto de equilibrio. Es osado escribirlo de esta manera, pero dependerá un poco también del mercado: cuánta verdad quiere la gente escuchar o conocer, o cuán cautivada prefiere sentirse por un relato que, presentándole lo que la humanidad ha hecho, la evada de su mundo o la lleve a reflexionar sobre él. Aquel equilibrio se encontrará según el presente en que se escriba la historia; después de todo “no solo tiene que permitir conocer el presente a través del pasado, […] sino también el comprender el pasado mediante el presente”. Subrayo esto último: comprender el pasado mediante el presente, porque es imposible apartarse del propio tiempo, de la propia historia para dar una visión rígida, fría de los actos pasados. Al contrario, cuanto más cerca esté el historiador de su historia, tanto más sabrá cuáles son las interrogantes que debe resolver, los errores que tiene que corregir y la “historia que tiene que escribir”.